La noche nunca es igual.
Puede ser oscura y salpicada de estrellas, silenciosa y contemplativa. Puede ser fría, o vibrante con los sonidos de la vida. Y a veces se convierte en una sinfonía de color, donde la luz dorada de los faroles se funde con el azul infinito del atardecer.
Esta pintura está dedicada a una querida amiga que se mudó a otro país. Habla de distancia, memoria y amistad; de esas conexiones únicas que permanecen luminosas incluso separadas por fronteras, ciudades y el tiempo.